lunes, 14 de mayo de 2012

También la lluvia



“También la lluvia”, el filme dirigido por Icíar Bollaín y producido por Juan Gordon hace un paralelismo entre la explotación de las poblaciones americanas y la expropiación de recursos naturales que se dieron en la época colonial, a partir de la Conquista (S. XVI), con la privatización (o expropiación) del agua que se dio en Cochabamba, Bolivia, a principios del S.XXI, y el consiguiente impacto social para las poblaciones aledañas.


"La guerra del agua”
Así es conocido el conflicto que se desarrolló en Cochabamba, Bolivia, en donde un centenar de manifestantes protestaron en contra de la privatización del agua que pensaba llevar a cabo el gobierno de Hugo Banzer, entre los meses de enero y abril de 2000. A finales de 1999, Banzer ya había firmado un contrato con la empresa Bechtel, la cual, por medio del proyecto “Aguas del Tunari”, conseguiría el 25.7% de las ganancias. Los precios del agua se doblaron y una serie de protestas empezaron a darse lugar en Cochabamba a inicios del 2000.
Como antecedentes a las protestas, hay dos elementos que no debemos olvidar: una es que Bolivia había entrado, desde 1997, a una recesión económica en el sector agropecuario; y por otra parte, debido a la recién aprobada reforma de aduanas se dio un bloqueo de ingresos provenientes del comercio informal de las que se sostenían muchas familias cochabambinas (Daroca, s.a., 8):

“Ambas reformas acabaron con el colchón económico de miles de familias ligadas a estas actividades. En este escenario histórico de luchas por el agua y pérdida de las principales fuentes de generación de ingresos de sectores importantes de la población, es donde se gesta y desarrolla el abril cochabambino, cuando el agua generó una de las movilizaciones más masivas y plurales de las últimas décadas” (ídem).

La oposición estaba formada por diferentes grupos: ecologistas, ingenieros locales y el sector de granjeros campesinos, estos últimos necesitaban de sistemas de riego en sus cultivos para abastecer de alimentos a una porción considerable de la poblaciones nacional. Las primeras protestas estuvieron formadas por el sector de ambientalistas cochabambinos al encontrar algunas irregularidades en el contrato, que incluía la Ley 2029.

“Estas oposiciones se vieron fortalecidas cuando se sumaron las voces de defensa de los pozos familiares y comunitarios y la oposición al alza de tarifas, temas  polémicos tratados en el contrato, que afectaban directamente a los sectores medios y altos de la ciudad conectados al servicio público o con posibilidades de tener pozos propios. La Federación de Fabriles y los colegios de profesionales sumaron sus fuerzas y reclamos a estas voces de protesta, fortaleciéndolas considerablemente.” (Daroca, s.a., 9)

Es en este marco que se da una serie de movilizaciones de parte de la sociedad civil, protestas que son muy bien relatadas en la película “También la lluvia”.

      Sinopsis de la película
Sebastián (Gael García Bernal) y Costa (Luis Tosar) son dos compañeros cineastas que se aventuran en la realización de una película, de escaso presupuesto, sobre el descubrimiento de América, la cual iba a ser ambientada en Cochabamba, Bolivia. La idea de hacerla allí era para conseguir muchos extras indígenas a muy bajos costos. Costa y Sebastián se van con su equipo de trabajo (elenco, camarógrafa, maquillista…) a Cochabamba con muchas expectativas.

El enfoque que ambos directores querían proyectar en tal acontecimiento era la visibilización de los maltratos, los abusos y la explotación que sufrieron las poblaciones indígenas desde el momento del Contacto, en especial, las participaciones estelares de Fray Antonio de Montesinos y de Fray Bartolomé de Las Casas como defensores de los indios. La historia del sometimiento americano cobra vida cuando se enteran que en esos días están por librarse múltiples protestas en contra de la privatización del agua de dicha localidad, evento que les afecta directamente porque muchos de sus actores e incluso su protagonista, es uno de los líderes locales más fuertes y por ende, más peligrosos para la dictadura.

La mejor escena


Para mi opinión, el mejor cuadro es cuando están filmando la “escena de la cruz”. En donde se proyecta el paisaje verde intenso de la América precolombina y los españoles instalan unas cruces de madera para quemar en hogueras a un grupo de indígenas que no aceptaron la religión católica. Fray Bartolomé de Las Casas quiere defenderlos pero nadie lo escucha, cuando uno de ellos manifiesta en una frase su desprecio al dios de los españoles. Las familias de los indios que serán asesinados presencian con rabia la escena, hasta que escuchan a su líder y repiten la frase con fervor, a una sola voz, pero los cuerpos de los castigados ya empiezan a ser consumidos por las llamas. El humo se confunde con los gritos a coro de los indios y el verde del paisaje deja de ser intenso, como si se consumiera también en la negra niebla. Los indios siguen repitiendo la frase y  Las Casas pide perdón a su dios por la ofensa.
Sebastián, el director, ordena que corten la escena y en ese momento justo, la policía del estado arresta a Daniel (el protagonista y líder de las movilizaciones en las calles) de nuevo: los paramilitares se mueven entre los indios, lo arrastran y lo suben a una camioneta. Los demás indios, desnudos, vuelcan el auto de la policía y sacan a Daniel, aún vestido de indio, como líder de los indios y líder de los revolucionarios modernos. La orden de Sebastián fue suficiente para dar a entender que dos realidades son capaces de imbricarse, aunque tengan siglos de distancia, si su contenido profundo es el mismo.
Otros elementos que deben reconocérsele a la elaboración de la película es que, según su productor, Juan Gordon, todas las imágenes de la televisión que muestran protestas y bloqueos a las carreteras son reales, excepto la escena en que Daniel (el líder de la comunidad) es arrestado. Fueron alrededor de un millón de personas las que se manifestaron y mantuvieron bloqueadas las calles por 15 días.

¿Por qué el título?
Según Juan Gordon, el título se debe a la cláusula del contrato con la multinacional Bechtel, en donde se le autorizaba de dar licencia y regular hasta la recolección del agua de las lluvias. Detalle que se visualiza bastante bien en una de las protestas que Daniel dirige, y que menciona: “nos quitarán también la lluvia”. Detalle que para Gordon fue increíble.

      Si de antropólogos se trata…

Esta película cuestiona a cualquiera, o mas bien lo despierta del sueño cotidiano. ¿Hasta qué punto se debe una persona involucrar con la gente con quien trabaja? ¿Quién hizo lo correcto: Costa o Sebastián?
En la película, todos los personajes son cuestionados por la realidad que tenían en frente y en la cual “no tenían nada que ver”. Es Costa quien seguramente desarrolla un papel significativo para la familia de Daniel, mientras que Sebastián, a pesar de sus buenas intenciones y sensibilidad tras la primera captura de Daniel,  no es capaz de seguir mirando ese cuadro tan poco ameno y tan ajeno. La decisión de Costa de salvar a la hija de Daniel, una niña de 12 años que se había ido a la manifestación, es capaz de cuestionar a cualquier espectador.

¿Es bueno involucrarse? ¿Hasta qué punto? ¿Lo permite la disciplina antropológica, la ecología política? ¿Y dónde está la distancia necesaria para lograr mayor objetividad? ¿Qué es la objetividad y de qué depende? ¿Se trata sólo de ver los problemas, ganarse la confianza de las comunidades en estudio y publicar una investigación que solo va a leer “la academia”? ¿Ese es el mayor logro? ¿Y qué tan saludable, emocionalmente, es involucrarse tanto? ¿Cuándo la antropología deja de ser una disciplina científica y se pasa al lado de las ideologías?
La antropología tiene mucho trabajo en la visibilización y legitimación de los sectores que se dedican al activismo político, a la exigencia de sus derechos. Como también tiene la responsabilidad de estudiar las diferentes manifestaciones de acción política  en  los diversos grupos de América, cuándo los sujetos dejan de jugar papeles pasivos y eligen nuevos caminos para sus futuras generaciones.

Finalmente, creo que hay diferentes tipos de antropología, como hay diferentes tipos de antropólogos. Cada cual elige los papeles que quiere desempeñar y está en su derecho y su responsabilidad de ejercerlos. Pero solo nosotros tenemos la dicha de conocer esa perspectiva del otro que en otra disciplina simplemente queda incompleta.


“El agua es vida, eso tú no entiendes”…
 (Respuesta de Daniel a Costa
cuando este le pide que deje las manifestaciones por tres semanas
para poder terminar la película”)




      Bibliografía

           Daroca, Santiago.
S.A.              “La guerra del agua. Protesta y acción social en Cochabamba”. Cuadernos de trabajo, PNUD.

Melville, Roberto & Cirelli, Claudia
2000                      “La crisis del agua”

sábado, 28 de abril de 2012

Una rápida revisión a la ecología cultural moderna

Introducción a la ecología cultural

 En la historia de nuestro planeta, los grupos humanos se han adaptado a los diferentes ambientes que han encontrado y han establecido diferentes relaciones con el entorno. Las diferentes actividades económicas que han hecho posible la reproducción social han demandado una gran cantidad de recursos para la satisfacción de necesidades todo el grupo (alimentación, vestuario, vivienda, rituales religiosos, simbología…), de modo que la administración de estos recursos y las relaciones que se extienden entre el hábitat y el ser humano se han vuelto complejas a lo largo de los siglos.
La ecología cultural es la disciplina que trata de explicar el origen de modelos y características culturales que caracterizan a áreas diferentes, explica lo cultural introduciendo lo ambiental.


La evolución humana en las diferentes culturas

Los autores clásicos más reconocidos en el ámbito de la ecología cultural son Julian Steward, Leslie White, Kroeber y Marvin Harris. Hay que reconocer que todas estas propuestas teóricas surgen cuando el evolucionismo perdía peso ante la antropología, pues al poner en gradaciones la evolución humana en una sola línea de desarrollo, los antropólogos vislumbran el etnocentrismo que se estaba tejiendo a la luz de la dominación colonial en diferentes partes del mundo.
Es así como surge el neoevolucionismo (modelo teórico de Leslie White), proponiendo que la evolución cultural se determinaba a partir del aprovechamiento de energías, en este sentido, se reconocían otros sistemas de producción que iban más allá de los conocidos por la historia de las naciones occidentales. El difusionismo propone que no hay evolución, sino préstamos culturales entre sociedades a partir del contacto (propuesta utilizada por Steward y Kroeber). Que es criticado, a su vez, por el particularismo histórico de Franz Boas (también utilizado por Kroeber), que además de abolir la idea de evolución, (de que hay culturas superiores a otras, mas bien que cada una es diferente y debe ser explicada en sí misma), también refuta la idea del préstamo cultural, al que renombra como un "apropiamiento" de rasgos culturales, que son  sujetos a nuevas significaciones. Finalmente, el materialismo cultural, inaugurado por Marvin Harris, sostiene que son los recursos naturales los condicionantes para las demás esferas de la vida social, y esto incluye la conciencia de los pueblos. 

La brecha entre lo ecológico y lo cultural

Alfred Kroeber piensa que lo superorgánico o suprabiológico, consiste en toda acción humana que debe ser entendida desde lo social antes que individual; estas acciones van alterando el ambiente, de forma que representan una clara dominación sobre él. Si bien el entorno cambia, las sociedades se adaptan a estas condiciones estableciendo relaciones de dominio sobre ella. Kroeber establece además que la evolución humana reside en la inteligencia desarrollada, que a su vez reside en lo cultural. Los demás animales evolucionan, pero sus aprendizajes no se van superando como sucede en la especie humana porque no están dotados para retener lo de hoy para perfeccionarlo mañana, por ejemplo. Debe entenderse que Kroeber estaba muy influido por el relativismo cultural de Franz Boas, más que del evolucionismo.

Leslie White piensa que la evolución cultural está relacionada con el aprovechamiento de energía por medio de la tecnología, la relación entre el ser humano y el entorno se da en el aprovechamiento de recursos. La cultura, en este caso, es un todo integrado por los sistemas tecnológicos, sociológicos y simbólicos; en donde el sistema tecnológico (herramientas y desarrollo de la técnica) es la base por la que se da la cultura y el cambio social. Mientras que, el sistema sociológico comprende las relaciones individuales y colectivas en lo político y militar (organización y jerarquía social, instituciones y costumbres), y el sistema simbólico tiene que ver con el pensamiento colectivo: creencias, mitos, leyendas… Estos dos últimos sistemas se consideran, según el autor, un reflejo o derivación del primero.
White propone un modelo teórico con trasfondo materialista. El medio es un material que debe ser aprovechado por el ser humano. En este sentido, la relación entre el ser humano y el entorno natural puede entenderse como un determinismo ambiental, con el cual el ser humano se articula al medio natural: la cultura es solo un mecanismo para la adaptación al medio. Lo que coloca al enfoque de White dentro de determinismo ambiental.

 Para Julian Steward, la adaptación de las sociedades al medio explica la relación entre naturaleza y cultura. Steward critica tanto los conceptos del determinismo ambiental como del cultural. Entre sus premisas principales, están que el medio ambiente es un factor creativo y limitante en la cultura, que  depende de la creatividad de las sociedades para  el aprovechamiento de los recursos. Además, cada cultura debe entenderse como una estrategia adaptativa al entorno concreto y es, además, diferente en cuanto a su desarrollo. Sin embargo, su tesis principal es que los elementos de la cultura son interdependientes. Pero el núcleo cultural está formado por los elementos que están más relacionados a las actividades de subsistencia, y estos elementos pueden pertenecer a cualquier área de la cultura (ideológica, militar, económica…). De modo que estos elementos nucleares tienen a su alrededor una estructura de elementos atados a ellos, que se mueven en forma de jerarquías, del más cercano a la actividad de subsistencia al menos cercano (como un modelo de círculos concéntricos).
Esto constituye una crítica fundamental a los determinismos ambientales, pues se pensaba que todos los elementos culturales iban a ser afectados en igual nivel. El aporte de Steward es que son solo algunos elementos culturales los que son determinados por la naturaleza, y en diferentes grados de influencia. Solo los núcleos más vinculados a la subsistencia están más relacionados al medio ambiente. Además, la cultura se componía de una estructura (hábitat, economía contactos externos) que condicionaban la superestructura (la organización social y política, religión). Así, hay una relación de interacción entre la naturaleza y la cultura, no una relación unilineal. Así, Steward camina sobre el evolucionismo multilineal, con algunos elementos del difusionismo y quizás, del materialismo histórico.

Marvin Harris, por su parte, está más ligado con el materialismo histórico, e institucionaliza el materialismo cultural: las condiciones materiales son las que determinan el desarrollo cultural. No son las ideas, si no los recursos mismos los que permiten el desarrollo humano desde las tecnologías. Así, el sistema cultural se compone de la infraestructura (tecnología, ambiente, sistema económico), que es la base del sistema integrado; la estructura (organización doméstica y política) y la superestructura (ideas y símbolos: arte, religión, ideologías…) son afectadas directamente por la primera. Dicho planteamiento en tres fases recuerda a Steward, quien también le da mucha importancia a lo material. También retoma a Kroeber, tomando en cuenta la acumulación de conocimiento humano que permite la evolución. Y es altamente influido por el Marx y Engels. 


Finalmente… 
Son diferentes los planteamientos que han servido para explicar la relación de dominación o sujeción que hay entre la naturaleza y las sociedades humanas. En la posmodernidad, estas relaciones van más allá de explicar la dominación o sujeción entre uno u otro elemento, se tejen nuevos planteamientos orientados al cuestionamiento de la racionalidad capitalista, en donde los recursos naturales son usados, administrados, controlados y cosificados por un sistema económico que ha perforado muy fuertemente las mentes occidentales. Esta ramificación de la ecología cultural se nombra ecología política, cuyas concepciones están acompañadas de la acción y reivindicación social en pro del control local de los recursos.

domingo, 26 de febrero de 2012

La posmodernidad, los ideales y los amigos

Todavía no se sabe cuándo empezó, ni qué es lo que significa exactamente. ¿Cuándo se nos volteó la modernidad encima y nos mostró la otra cara? Eso me ha dado vueltas en la cabeza los últimos días. Especialmente porque he estado estudiando los procesos históricos centroamericanos, entre ellos, la invención de lo nacional. Pertenecer a un mundo pluricultural fue un problema, se pensó que se formarían por ello identidades resquebrajadas y que lo mejor sería homogenizar a las poblaciones para abolir las diferencias.

Ahora hablamos de ello desde las aulas de clase con asombro e indignación. Ahora que se nos ha otorgado el tiempo propicio para la indignación y el desvelo académico. Ahora caemos en la cuenta de que también estamos configurados por el contexto actual y el acumulado que heredamos, que además las ideas y teorías fluyen de acuerdo a los procesos históricos.

Sin duda la colonización nos abrió la mente para entender otras sociedades, pero también nos separó más de ellas marcando las particularidades. Sin duda la globalización y los conflictos armados nos enseñaron que los particularismos no son todos tan sustanciales y tienen algo de regional. Que las guerras civiles y las ideologías trajeron nuevas etapas históricas con nuevas conceptualizaciones que permiten incluir en el imaginario social actual reflexiones como la memoria histórica, la militancia y la civilidad.

Pero lo que más me ha hecho pensar en todo esto, además de las conversaciones con Irene Lungo en las clases de Antropología Centroamericana (sí, hay una antropología centroamericana… en construcción), son las inesperadas llamadas de un amigo del cole.

Su historia es un poco particular para ser salvadoreño, él tuvo que migrar a Europa por el trabajo de su padre. Quien había sido muy patriótico, con una sensibilidad social muy arraigada durante la adolescencia, de repente me dijo: “A mí me caen mal los nacionalismos. Son cosas forzadas. Uno no decide dónde nace. Uno es del mundo y eso basta”.
Sin duda mi amigo ha perdido también los ideales y la posmodernidad le ha entrado de golpe en la ventana sin darse mucha cuenta.

Una/o no decide dónde nace ni dónde crece. Ni si migrará a otro territorio con otro acumulado de problemas que se extienden y renuevan. Y el hecho de no poder decidirlo ya nos otorga una identidad y una reflexión más compleja.

La manía de vivir así

Cuando estaba muy pequeña, no más de 9 años, todas las tardes tomaba mi taza de leche con vainilla y azúcar, era una buena maña. Así como ahora, después de un largo desvelo, me gusta desayunar con pollo y leche caliente con café y azúcar, mientras en el almuerzo acompaño el plato que sea con una taza de leche helada con café y azúcar. Quizás mi organismo me lo pide para contrarrestar el exceso de café de la madrugada.

Estos días me ha surtido tanto el desgaste emocional (juntado con el estrés habitual) que no es extraño llorar dos días seguidos con el más mínimo estímulo. La rabia acumulada no tiene las mismas manifestaciones: en mí, la depresión hace meya más rápido que las ganas de ofender, eso me mata también, no puedo ser más sensible… y más despreciable. Pero eso es culpa de los colegios, aquel colegio salesiano que me formó desde los cuatro hasta los nueve años, que para mí fueron los decisivos, ellos tienen la culpa de frenar mi furia y convertirla en dolor.


A pesar de que no debo provocar una cefalea, no puedo seguir sin abrir mi última adquisición: “Al sur de la frontera, al oeste del Sol”. Si por algo me encanta Murakami es por sus personajes, la soledad que los embarga es tal que se ven atrapados en recuerdos de los primeros amores, el deseo, mujeres extrañas e interesantes, esas amigas entrañables a quienes ni se les oculta aquello que ambos no se atreven a decir. Por eso me gusta tanto. Porque me recuerda a las películas de Bergman y su juego psicológico.


La vida es un péndulo, vacilante. Necesita una salida a la exasperación. Una fuga a lo que nunca hice y me quedé con las ganas de hacer. Tomar de nuevo esas tardes de leche con vainilla y volver a crecer, negándome a los caminos recorridos, suplicando por lo rechazado, elevando la cólera hasta la inmundicia humana, eligiendo lo último que hubiera elegido siendo yo, lo prohibido, lo inestable, lo más inaudito, hasta no reconocerme jamás. Si la vida no fuera solo una...

miércoles, 18 de mayo de 2011

Que para eso tenés piernas y no, raíces...

Mamá, cuando ya no viva con ustedes, quiero que me visités. Que llevés a mi papi y hagamos un fresquito con splenda y luego nos embotemos con budín artesanal, del que hacías antes, ese que no llevaba tantos materiales caros para satisfacer al cliente.

Mamá, si quiero llegar a dormir a La Casa de nuevo no te vayás a hacer la loca, que ya estoy grande y que tengo que hacer mi vida, que no sé qué. Quizás solo necesite una familiaridad distinta a la de todos los días, a la familiaridad del trabajo o de las amigas o de la gente de las comunidades rurales.

Mamá, si te beso al entrar, no te pongás nerviosa, es que últimamente estoy más afectiva de lo habitual. Y si los zánganos ya no están tampoco en La Casa, no te sorprendás si los llamo adonde sea solo para decirles que hacen falta, que no tenían que haber crecido.

Para entonces, mi padre habrá instalado ya una mecedora en el patio donde tendemos la ropa. Pero ya no habrá tanta ropa que tender, así que descansaría ahí por las tardes, con ropa cómoda y calcetines blancos. No lo regañés si se queda dormido viendo la tele, “siempre fue así”. Eso te voy a decir cuando empecés con que “hoy me hizo esto y me dijo lo otro, y cuando estábamos comiendo sale con que…”, que siempre fue así. Vos sabés que se hace el dormido, en realidad está escuchándonos hablar del matrimonio perfecto de la Rebe, de los viajes de la Lau, porque esas cosas ya se sienten, ¿verdad? Más el matrimonio perfecto de Meme y los conciertos de Chepe. Porque sí, l@s ingenier@s son l@s únic@s que se preocupan por esas cosas de casarse y puesí.

¿Mis romances, mama? Huy, de eso no se habla por acá. Mirá que nos están oyendo todo y además no hay mucho que contar. Entonces te voy a invitar a mi casa cualquier día, pero con tal que no me regañés por el desorden o la comida malhecha, por no haber aprendido a cocinar con tanta Dulcinea a la orden del día… No, ma, ahí dejá los libros, en esa mesa están justo como para una foto.Si me quito los zapatos, me ahorro la trapeada. Y esas telitas de araña… son decorativas. Es que no me ha quedado tiempo de nada, ma, vos sabés cómo soy, que me distraigo con el libro que se cae del estante y recuerdo, con la película que reviso solo por placer, con la
música
música
música
.
.
.

Mami, al regresar de la U te dije que me sentía cada vez más independiente.
Ahora entiendo cuando me dijeron una vez “que para eso tenés piernas y no, raíces”.

Pero mami,
Cuando ya no viva con ustedes, cuando haya dejado La Casa
-porque La Casa nunca me dejará a mí-
Quiero regresar
Y no te vayás a hacer la loca.

sábado, 23 de abril de 2011

Quiénes somos en realidad... para Murakami

"Voy a hablar un poco de mí.
Ya sé que esta es la historia de Sumire, no la mía.
Pero es a través de mis ojos como se presenta a un ser, a Sumire, y es a través de ellos como se desgrana su historia, así que me parece necesario hasta cierto punto explicar quién soy.


Sin embargo, cada vez que debo hablar de mí mismo me siento, en cierto modo, confuso. Me veo atrapado por la clásica paradoja que conlleva la proposición: "¿Quién soy?". Si se tratara de una simple cantidad de información, no habría nadie en este mucho que pudiera aportar más datos que yo. No obstante, al hablar sobre mí, ese yo de quien estoy hablando queda automáticamente limitado, condicionado y empobrecido en manos de otro que soy yo mismo en tanto que narrador -víctima de mi sistema de valores, de mi sensibilidad, de mi capacidad de observación y de otros muchos condicionamientos reales-. En consecuencia, ¿hasta qué punto se ajusta a la verdad el "yo" que retrato? Es algo que me inquieta terriblemente. Es más, me ha preocupado siempre.

Sin embargo, la mayoría de personas de este mundo no parece sentir ese temor, esa incertidumbre. En cuanto tienen oportunidad hablan de sí mismos con una sinceridad pasmosa. Suelen decir frases del tipo: "Yo parezco tonto de tan franco y sincero como soy", o "Soy muy sensible y me manejo muy mal en este mundo", o "Yo le leo el pensamiento a la gente". Pero he visto innumerables veces cómo personas "sensibles" herían sin más los sentimientos ajenos. He visto a personas "francas y sinceras" esgrimir sin darse cuenta las excusas que más les convenían. He visto cómo personas que "le leían el pensamiento a la gente" eran engañadas por los halagos más burdos. Todo ello me lleva a pensar "¿Qué sabemos, en realidad, de nosotros mismos?".

Cuanto más pienso en ello, más reacio soy en hablar de mí mismo (si es que realmente hay necesidad de hacerlo). Antes prefiero conocer, en mayor o menor medida, hechos objetivos sobre existencias ajenas. Y, basándo me en la posición que ocupan tales hechos y personajes individuales en mi interior, o a través del modo en que reztablezco mi sentido del equilibrio incluyéndolos, trato de conocerme de la forma más objetiva posible.
Ésta ha sido la postura, o dicho de una manera más solemne, la visión de mundo que he mantenido desde la pubertad. Tal como el abañil apila un ladrillo sobre otro siguiendo el hilo tenso de la plomada, yo he ido conformando en mi interior esta manera de pensar. De una forma más empírica que lógica. Más práctica que intelectual. Pero un punto de vista como éste es difícil de explicar a los demás. Yo he aprendido sufriéndolo en mi propia piel.
Quizá se deba a eso, pero desde la adolescencia me he habituado a trazar una frontera invisible entre mí mismo y los demás. Empecé a tomar una distancia perpetua ante el otro, fuera quien fuese, y a mantenerla mientras estudiaba su actitud. Aprendí a no creerme todo lo que la gente dice. Mis únicas pasiones sin reservas han sido los libros y la música. Y, tal vez, como lógica consecuencia de todo ello, me fui convirtiendo en una persona solitaria."


Tomado de "Sputnik, mi amor" de Haruki Murakami.

lunes, 18 de abril de 2011

Sumire y él

Es el último libro que he leído y parece que el autor tiene mejores obras que esta. Un vistazo, por favor.




"Un domingo poco antes del amanecer, quince días justos después del banquete, ella me telefoneó. Como cabía esperar, yo dormía como un tronco. La semana anterior me había encargado de organizar una reunión, y para conseguir todos los documentos necesarios (aunque inútiles), había tenido que reducir las horas de sueño. Así que, durante el fin de semana, quería dormir hasta hartarme. Y en esas sonó el teléfono. Antes del amanecer.

-¿Estabas durmiendo?- preguntó Sumire, sondeándome.
-¡Mmm!- solté un pequeño gruñido. En un acto reflejo lancé una mirada al despertador, a la cabecera de la cama. Las agujas del reloj eran grandes, fluorescentes: inexplicablemente, no alcancé a ver la hora. La imagen que se proyectaba en mi retina y la zona de mi cerebro donde se procesaba la información estaban desconectadas. Como una anciana que no logarse enhebrar una aguja. Lo único que intuí fue que a mi alrededor todavía era noche cerrada, que debía ser más o menos la hora que Scott Fitzgerald llamó “noche profunda del alma”.


-Pronto amanecerá.
-¡Ah! –dije con lasitud.
-Cerca de casa hay un hombre que todavía cría gallos. Debe de tenerlos desde antes de la devolución de Okinawa. Enseguida cantarán. Tal vez antes de media hora. ¿Sabes? A decir verdad, ésta es la hora del día que más me gusta. El cielo negrísimo de la noche empieza a clarear por el este y los gallos cantan con todas sus fuerzas, como si se vengaran de algo. ¿Hay gallos cerca de tu casa? –Al otro  extremo de la vía telefónica sacudí ligeramente la cabeza-. Te estoy llamando desde la cabina del parque.
-Ya –dije.
A unos doscientos metros de su apartamento había una cabina. Sumire no tenía teléfono en casa y siempre andaba hasta allí para llamar. Era una cabina telefónica normal y corriente.
-Oye, me sabe muy mal llamar a estas horas. De verdad te lo digo. A estas horas, cuando aún no han cantado los gallos. A estas horas, cuando la pobrecita luna está flotando en un rincón del cielo de Oriente como un riñón desahuciado. Pero ¿sabes? Para llamarte he tenido que recorrer un camino negro como la boca de un lobo. Agarrando con mi pequeña mano la tarjeta telefónica que me dieron el día de la boda de mi prima. En ella aparecen los dos novios con las manos unidas. Tú ya sabes cómo me deprimen estas cosas, ¿verdad? Llevo el calcetín derecho diferente del calcetín izquierdo. Uno tiene un dibujo de Mickey Mouse, el otro es un calcetín de lana liso. Mi habitación está manga por hombro y no puedo encontrar nada. Mejor no decirlo en voz alta, pero mis bragas dan pena. Tanto que un ladrón de ropa interior pasaría de largo. Si unos gamberros me mataran, con esta pinta creo que no hallara la paz. Así que ya no te pido que me compadezcas, pero ¿no podrías decirme algo con pies y cabeza? Aparte de esas crueles interjecciones tipo “¡Ah!” o “¡Mmm!”. No estaría mal una conjunción o algo por el estilo. Sí, eso es. Algún “pero” o un “sin embargo”.
-No obstante –dije yo. Estaba agotado, sin fuerzas siquiera para soñar.
-No obstante –repitió ella-. De acuerdo. No deja de ser un progreso. Claro que no es más que un pasito.
-Por cierto, ¿querías algo?
-Pues sí. Tenía que decirte una cosa. Por eso llamo –contestó Sumire. Carraspeó ligeramente-. Vamos allá. ¿Cuál es la diferencia entre “signo” y “símbolo”?
Tuve una extraña sensación, como si una larga hilera de objetos indeterminados se cruzara por mi cabeza.
-¿Podrías repetirme la pregunta?
Me la repitió.
-¿Cuál es la diferencia entre “signo” y “símbolo”?
Me incorporé en la cama y me pasé el auricular de la mano izquierda a la derecha.
-Es decir, que me has llamado porque quieres saber la diferencia entre “signo” y “símbolo”. Un domingo de madrugada antes del amanecer. ¡Vaya!
-A las cuatro y cuarto de la madrugada –dijo-. No me lo podía quitar de la cabeza. ¿Cuál debe ser la diferencia entre “signo” y “símbolo”? Alguien me lo preguntó hace días y lo había olvidado por completo, pero hoy, mientras me desnudaba para meterme en la cama, me ha venido a la cabeza. Y me he desvelado. ¿Puedes explicármela tú? ¿La diferencia entre “signo” y “símbolo”?
-A ver –dije contemplando el techo. Explicarle a Sumire algo con lógica, incluso cuando yo lo tenía clarísimo, no era tarea fácil-. El emperador es el símbolo de Japón. ¿De acuerdo?
- Pues más o menos –dijo ella.
-Nada de más o menos. Esto es lo que dice la Constitución japonesa –dije, armándome de paciencia-. Podrás poner objeciones o tener dudas al respecto, pero si no lo tomas como un hecho, mi razonamiento no puede avanzar.
-De acuerdo, lo acepto.
-Gracias. Repito: el emperador es el símbolo de Japón. Pero esto no implica que Japón y el emperador sean equivalentes. ¿Me sigues?
-No.
-Es decir, que la flecha apunta en una sola dirección. El emperador es el símbolo de Japón, pero Japón no es el símbolo del emperador. ¿Lo entiendes, verdad?
-Creo que sí.
-Pero si, por ejemplo, pusiera: “El emperador es el signo de Japón”, ambos sería equivalentes. Es decir, que cuando nombráramos a Japón nos referiríamos al emperador, y cuando nombráramos al emperador nos referiríamos a Japón. Se puede añadir, incluso, que ambos serían intercambiables: a=b es lo mismo que b=a. En cuatro palabras, esto es lo que significa “signo”.
- O sea que tú estás hablando de intercambiar el emperador con Japón. ¿Es posible eso?
- No es eso. No -. Sacudí enérgicamente la cabeza-. Solo pretendía explicarte de manera fácil de entender la diferencia entre “símbolo” y “signo”. No tenía ninguna intención de intercambiar el emperador con Japón. Era solo una forma de explicártelo.
-¡Hum! –dijo Sumire-. Pero creo que lo he entendido. Como imagen. En fin, me parece que es una cuestión de sentido único o doble sentido, ¿no?
-Un especialista quizá te lo explicara con mayor exactitud. Pero definiéndolo de una manera simple viene a ser eso.
-Siempre me ha admirado lo bien que explicas las cosas.
-Es mi trabajo –argüí. Mis palabras sonaban algo monótonas y carentes de expresión-. Tú también tendrías que trabajar alguna vez de maestra de primaria. ¡Te hacen cada pregunta! “¿Por qué la Tierra no es cuadrada?” “¿Por qué los calamares tienen diez patas en vez de ocho?”. Ahora ya he aprendido a responder la mayoría de las veces.
-Oye, seguro que eres muy buen profesor.
-Quién sabe.- dije-. Quién sabe.
-Por cierto, ¿por qué el calamar tienen diez patas en vez de ocho?
-¿Puedo volver a dormir ya? Estoy realmente cansado. Solo con sostener el auricular me siento como si estuviera aguantando sin ayuda de nadie un muro de piedra medio derruido.
-Oye -dijo Sumire. E hizo una sutil pausa. Igual que un anciano guardabarrera que cerrara un paso a nivel antes de la llegada del tren para San Petersburgo-. Te pareceré estúpida diciéndotelo así, pero la verdad es que me he enamorado.
-¡Hum! –me pasé el auricular de la mano derecha a la izquierda. Me llegaba el ruido de la respiración de Sumire. No sabía qué decirle. Y, como suelo hacer cuando no sé qué decir, pronuncié las palabras más inapropiadas.
-¿No será de mí?
-No es de ti –contestó Sumire. Oí cómo encendía un cigarrillo con un mechero barato-. ¿Estás libre hoy? Me gustaría que nos viéramos y hablásemos.
-¿De que te has enamorado de alguien que no soy yo?
-Sí, de que me he enamorado apasionadamente.
Me puse el auricular entre el cuello y el hombro y me desperecé.
-Por la tarde estoy libre.
-Iré a las cinco –dijo Sumire. Y añadió como si se acordara de repente -: Muchas gracias.
-¿Por qué?
-Por responder amablemente a mis preguntas antes del amanecer.
Le di una vaga respuesta, colgué y apagué la luz de la cabecera. Aun era noche cerrada. antes de volver a conciliar el sueño intenté recordar si Sumire ya me había dicho “gracias” alguna vez. Alguna vez, quizás sí, pero no logré recordarla." 




-Tomado de "Sputnik, mi amor" de HAruki Murakami