Amelia sacó las verduras de la bolsa, acudió al lavabo gris y terco con ganas de deshacerse las manos con los cuchillos. La música impregnaba todos sus sentidos, quería convulsionar de repente y olvidarse de todo. Los colores de la comida cruda chispearon sus pupilas: verde que recuerda, rojo que ofende, anaranjado que llora. Alcanzó con un tazón el vital líquido de la pileta honda y vertió sin querer sobre sus manos (también grises).
Silvio se desintegró en el tragante, llevando a su paso todos los colores, los gritos soterrados, los anhelos de un diciembre ahora finito, caduco.
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