Una tarde innombrable de no recuerdo qué mes del año pasado, Milto tomó una edición vieja de la Revista y con acento oriental nos leyó un poema que él construyó hacía años atrás. Haciendo las pausas adecuadas, nos leyó su poema como se les lee a infantes, párrafo por párrafo nos desglosó cada verso determinando el origen de los mismos.
Me senté en el brazo del sillón en que el gran Milto nos educaba, mis piernas colgaban y mi falda se acortaba tanto, que no la podía controlar (“bájele el ruedo”, me decían las profesoras conservadoras del colegio, “ay, Claudia, eso es mucho trabajo para mí”…) me sentí como bichita de segundo grado con ese atuendo y esa actitud, pero se me olvidó en cuanto Milto, con la cara de mi abuelo, abría el telón de un escenario, como todos los escenarios, inescrutable en sus primeros segundos. César irguió una mirada inquisitiva desde el otro brazo de Milto y seguimos la explicación del poema con los ojos fijos en las palabras impresas. El abuelo había armado anécdotas propias e impropias para llegar a los versos: eran historias de guerra en muchos cuerpos con nombres, hasta Juan Diego y la Guadalupana se mezclaron con las víctimas de un pasado que se desmemoria o se recorre con sentimentalismo cada noviembre o cada mayo o cada enero. Nadie sonreía. Los cantos de la iglesia de Chalatenango nos dijeron lo que sospechábamos: Milto es una personalidad escondida entre tantas desapariciones.
*Escribí esto hace unos meses, mientras remembraba mis visitas a la “Asociación Pro-Búsqueda para la Niñez Desaparecida”, ONG que devuelve la identidad a mujeres y hombres que fueron arrebatados de sus familias, durante su infancia y en el contexto del conflicto armado salvadoreño, a través de la reconstrucción de sus respectivos árboles genealógicos.
Claro, el gran Milto. Abuelo. Gracias por mencionarme... la imagen reflejada en los recuerdos de una amiga es la certeza de que existió un tiempo entrañanble. ¿Vamos un día y almorzamos allá?
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