¿Y los juguetes, papá? ¿Los trajiste? Diego ya no se encorva, no mira hacia el piso. No ha terminado de decir lo que ha repensado en estos años de abandono, todas las emociones se agrietan en sus labios apretados, sus facciones de dictador de los años treinta. “Sacó mi piel morena y las botas del cajón en que las dejé. También se ha rapado la cabeza, sería un buen soldado… dicen que se volvió artista, maricón, se va a morir de hambre.” Diego sabe todo eso, por eso se limita a verlo imponentemente, como hombre, porque así le enseñaron de pequeño.
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