jueves, 3 de junio de 2010

Los colores de la ausencia

Una mujer desconocida canta en el cuarto contiguo: no sé qué dice, solo canta. Tal vez en mi mismo idioma, pero se oye tan lejos que no entiendo. Alzo los ojos y dibujo en la pared blanca las escenas que imagino: una bocina extemporánea, tal vez una radiola, allí da vueltas un disco enorme de donde los gemidos de la mujer surgen, porque esta mujer es así, surge de lo muerto y la muerte se alimenta de ella. Yo, que miraba la radiola tan absorta, miro que la pared se expande y de ella salen refinados meseros, que parecen bailar al son de la música, y con ellos elegantes parejas se unen a la danza confundible entre revuelos y collares, entre mesas de manteles blancos, carcajadas de coloridos platillos, deseadas fuentes con ponches y exquisitas bebidas embriagantes. Todas las imágenes son muy claras, incluso oigo el ruido de mis zapatos sobre el piso de mármol recorriendo el salón.
Todas estas cosas parecen confundirse en este aire pesado que empecé a respirar desde que la mujer escogió la pared de mi mente blanca para gemir. Sin embargo, de lo único que estoy segura es de él y de su figura entrañable temblando entre tanta blancura: es él de nuevo debatiéndose en su propia existencia.
Al fin lo vislumbro con certeza, cuando la mujer deja de cantar y caen destrozadas las imágenes anteriores como ladrillos demolidos de una casa antigua, cuyos golpes terminan en fonemas comparables únicamente con una tristeza seca.
En el cuarto del otro lado, una mujer habla el idioma de los perros y grita que la vida es una insania. La otra ha vuelto a cantar, y sus notas intermitentes la han dibujado con vestidos y cabellos largos en un escenario a blanco y negro. Hoy sé, la canción de la mujer habla de una ausencia.

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