miércoles 7 de julio de 2010

Acoso en los bancos, ojo

Cada vez que debo pagar una de las cuentas de mi mami recurro al mismo banco. Podría ser porque me queda en el camino, porque ni siquiera debo cambiar la ruta de bus o incluso porque queda tan cerca de mi casa que no podría perderme (cosas que pasan). Pero no se trata sólo de eso, es porque, aunque nunca me toca él como cajero, me gusta verlo.

El muchacho del banco es formalito, peinadito, bien planchadito. Con su aire de empleadito de empresa privada –trasnacional, por cierto-, se pone a la fotocopiadora después de almorzar, y se tarda un mundo en abrir su caja. Sabe que lo miro y disimula, mira de reojo por veces, como si no le gustara que yo lo mire.

Luego, saca todas las copias posibles para que observe sus elegantes zapatos, y para que incluso imagine que ese atuendo de oficina es una nimiedad comparada con sus trajes de noche. Porque cuando él decide salir a bailar, no olvida vestirse a la moda, lucir despeinado como un adolescente en una mala película de Hollywood o en una de esas novelas que abundan solo en Nickelodeon (versión nacional, no de cable), modelar con su intempestiva sensualidad que sólo de imaginarlo ya me arrobó el olor a cigarro y a alcohol que despide. Todo él, inquieto, al acecho…

Pero el punto es que después de sacar copias, contar el dinero de la caja y cambiar billetes de no sé cuánto, se sienta en su cubículo justo cuando faltan unas tres personas para mi turno, abre la caja e indica que está activa con la mano llamando a la persona que sigue y casualmente, atiende a la clientela con tal lentitud o rapidez que simplemente, nunca estoy frente a él haciendo ningún tipo de intercambio (material, simbólico, físico…).

Pobre chico, hace siempre lo mismo, me pregunto si tanto le molesta, si algún día dirá: “Hey, esa babosa acosadora y despeinada me mira mucho”, si omite mi presencia, si jamás se ha percatado en ella o si simplemente la añora cada mes y en este preciso momento está pensando en que esta semana llegaré a verlo (y a pagar).

5 comentarios:

  1. Está buenísimo Euhh, todos tenemos un objeto de deseo perdido en una de las rutinas de la vida, pero a vos te conozco toda una coleccción: procesiones, maestros, bancos, etc. La Euhh se desborda en capacidad de amar, ¿eh?

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  2. jajaja ¡sos un difamador! Ya no te confieso nada...

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  3. Vos recurrís al mismo banco porque ya te gustó el bicho :)

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  4. Pero es que no me gusta el bicho en sí (porque sabés que no es mi tipo), es su no sé qué. Su talante de asalariado que ignora su condición de clase, el mundo sin cifras, la vida sin formalismos o tal vez no ignore todo eso, pero lo llama con otras palabras, lo mira con otros ojos y tiene preocupaciones quizás más inmediatas e interesantes que todo esto, que es puro chambre.

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  5. A las mujeres complicadas de vez en cuando se nos da por los hombres ingenuos... y sí, dudo que el bicho tenga un blog, a lo mucho Facebook (¡lástima!).

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corazonadas