lunes 20 de septiembre de 2010

De pájaros migrantes

Luna nueva, incipiente. Los contornos resplandecientes eran apenas perceptibles tras la contaminada atmósfera. El cielo gris nos inyectaba esa zozobra y esa tristeza tan peculiar de aquella época, de aquel año último de colegiales en esa banca de las cinco y media de la tarde.
Yo quería dormir… o llorar. Creo que cualquiera lo hubiera notado, cualquiera que no fuera vos. Pero eras vos el que estabas frente a mí y no lo notaste. Me miraste allí sentada, como desvalida, y dijiste algo acerca de los pericos que a tus espaldas migraban, buscando otro cielo, tal vez más cálido, me dijiste dándote la vuelta, o más poblado de silencio.
Tal vez solo de emociones, reconocibles desde un plano que valiera la pena entender.

Los pájaros no querían quedarse aquí, lo sabíamos y lo único que nos quedaba era verlos irse, manchando el cielo con sus torpes alas, irrumpiendo el ruido que apenas los dejaba decir algo que ni oímos. Era válido recordar eso siempre, cuando uniformados como colegiales mirábamos la misma escena desde polos distintos de la vida, sin una mínima noción del futuro.

2 comentarios:

  1. ¿Cómo es que pasé por alto este texto? Es que, además de mis deterioradas capacidades de observación, me caen encima la testarudez y mil vicios más, cuales pecados capitales. ¿Sabés?, hoy hablé con un nicaragüense sobre los amigos. Quizá por eso busqué tu cuentillo. Quizá por eso.

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  2. Lo peor es que cuando te lo enseñé ni siquiera te diste por aludido.

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corazonadas