Lo que ella no se imaginó fue que después de aquel encuentro a oscuras, Oscar no pudo dejar de verla en la oscuridad. Y como si fuera una emergencia, salió de clases para buscarla. Llegó a esa aula en que la había visto antes sin ningún propósito. Ella escuchaba atentamente la ruta de Alvarado, las matanzas, la entrada a Cuscatlán, el mito de Atlacatl, la batalla en Acaxual, Alvarado roto de una rodilla.
Un chamaco con el pantalón roto de la rodilla asomó en la puerta. Qué pasó, qué hacés acá, cosé el pantalón, risas. No hubo tiempo de quitar el pelo de la boca ni de ubicar los brazos de manera armónica. El beso fluyó enérgico, sin pretensiones ni delicadezas sobre la pared. Las batallas del siglo dieciséis olían a sangre y sudor, saliva, pelo confundido, roces…
¿Atlacatl o el chamaquito del pantalón roto? De vez en cuando hay que inclinarse por lo real.
Me encanta," a veces hay que inclinarse por lo real"..euhh venga escribi mas amenudo, me gusta entrar y encontrar algo tuyo..asi tas mas cerquita!!. Leeme a mi tambien, aunque claro yo escribo fatal
ResponderSuprimirGracias, Andre. Si estoy escribiendo, lo que pasa es que no todo lo publico... No he leído nada tuyo, vayaaa
ResponderSuprimirJajajaja... Alvarado también es real... aún lo siento cuando hablo español! Yo quisiera leer algo de Andrea también, si se puede!
ResponderSuprimirAlvarado era un descuartizador... ¡de gente! (y supongo que de cuches también) y eso del inconsciente colectivo es mentira, Checho, cómo vas a sentir a Alvarado en el lenguaje...
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