Yo sé que estás ahí. Pero no te quiero ver. Tenés esa costumbre de mirar por el ojo de la puerta, sé que ahorita estás ahí pero no quiero volver a ver. Tengo sueño. Imagino tus labios cerrando su mueca perfecta, tus ojos impenetrables tras los párpados tendidos. No te quiero ver. Prefiero imaginarte. Ya sé lo que me vas a decir, pero no te quiero escuchar, me limito a imaginarte dormido. Es mejor. Tercer jueves para no dirigirnos la palabra, para mirarnos una sola vez en el día con cara de venganza o desprecio o simpleza que se reanuda con esa mirada desde el fondo de la puerta, y siento que la nada me inunda. Sé que ya te vas, y yo me tengo que quedar. La clase no podía ser más larga. Estoy tensa.
De vuelta, el busero parece estar enamorado. Las canciones del umplugged de Shakira, La Ley y demás música pop como la Oreja de Van Gogh mantienen al busero en un estado tal que niega su profesión. Yo pienso en vos y supongo que toda la demás gente piensa en otros, otras, que significarían lo que vos me significás, pero en otro contexto. Mejor me pongo a leer a Cortés y Larraz o a Bourdieu, que ya tengo que acabar esto. “El día de la despedida de esta playa de mi vida te hice una promesa, volverte a ver así. Por más de cincuenta de años hace que no nos vemos, ni tú ni el mar ni el cielo, que me trajo a ti.” Canciones como esa fueron las culpables de mis enamoramientos en plena infancia (me gustaba Xavier, un pequeñito, ronquito, estruendoso y cabeza rapada, la negación de mis actuales gustos). No me culpen, tenía diez años cuando la escuchaba y suspiraba. Ahora solo me pone tediosa, preguntándome si de verdad existen los amores de playa, las promesas utópicas en las despedidas, las parejas dispares… y siento que jamás llegaré a la casa.
Yo también me enamoré con esa canción.
ResponderSuprimir