De repente me desperté. Yessi, una de mis amigas incondicionales iba a mi lado y al lado de la ventana, tapada con sus y mis suéteres más una colcha azul. El aire acondicionado del bus no era tan fuerte desde mi asiento, y el vidrio de la ventana, que delineaba el perfil de mi amiga dormida, iba empañado.
Entramos a México, ya estamos en México, cómo será. Tal vez como en las novelas de TV Azteca, pero no creo, no vamos al DF sino a Chiapas. Cómo será una novela en Chiapas. En la otra fila de asientos del bus, un muchacho de pelo largo observaba las luces tras el empaño. Todo un pueblo se extendía en el barranco que seguía a la carretera. Se parecía al paisaje visible desde una montaña de los Planes de Renderos. Pero aquí las luces eran más grandes, las casitas de pueblo estaban más cerca. Él respiraba con la misma admiración que yo, admiración o simple percepción de lo distinto que se desentrañaba al filo de una ventana empañada.
Los colores se tornaban más opacos al lado de Yessi. La niebla se apoderaba de las casas que estaban en desnivel (o supra-nivel) con la carretera. Había casas en un nivel hacia abajo y de repente, casas en un nivel más arriba de la calle. Una de aquellas estaba llena de gallardetes, como si a esas horas de la madrugada acabara de terminar una piñata improvisada. Aquí Pedro Infante cantó una declaración de amor, pensé. Aquí nadie conoce, tampoco estuvo nunca Pedro Infante, es solo la típica casa que desciende y se me muestra como nueva, siendo de las más comunes en el pueblo pero nueva ante mis ojos ignorantes.
Quise dormir de nuevo, pero en cuanto cerraba los ojos rechazando las emociones encontradas, sentía el rasgar de las llantas con la carretera. Ese rasgar doloroso me puyaba los párpados. Era como si todas las tensiones, los sueños de las y los transeúntes dormidos, la desesperación de nunca llegar, el tedio de querer respirar en un baño limpio tras tantas horas de camino, la energía condensada en un autobús cerrado que respiraba desde sí y para sí, se juntaran y formaran un conglomerado circular, que echaba chispas a través de la circunferencia de las llantas e imprimía en el asfalto un camino luminoso: la luz siempre es de dudosa procedencia, no se sabe nunca cómo interpretarse, tal vez como una esperanza vana o una indiscreción que dibuje tu nombre en mis sienes. Incluso puede ser una contrariedad. La contrariedad que persiste entre el movimiento de las llantas que avanzan, y el rastro de ilusiones que estas mismas dejan sobre la carretera. El avance era proporcional a la intensidad de lo vivido.
Hay tanta espesura allá afuera que esa casa parece haberse derruido en una lluvia ancestral de tiempo. En ese portal pudo haber cantado Pedro Infante “Cartas a Eufemia”. Este es México, que se queda abierto a un sinfín de interpretaciones banales, de encuentros ya dichos en algún otro tiempo y pronunciados por alguna otra boca, y cuya explicación no podría separarse de la típica relación entre lo propio y lo ajeno.
La pobre Sofi ha despertado, diciendo que las curvas no la han dejado dormir, que sentía como si se caía al barranco de casas encendidas, que el aire acondicionado se cuela como una correntada al lado de la ventana y que siente que se cae otra vez. Yessi ha despertado y le digo qué bonito, mirá, ya llegamos, ya estamos en México y se vuelve a dormir. Armando, el muchacho de pelo largo antes descrito tiene compasión de su compañera que adolesce por culpa de la ventana, y decide cambiar de puesto con ella alternadamente para compartir la aflicción de caerse dormida en lapsos de sueño.
la parte del viaje que me perdi, ya la vivi. Gracias
ResponderSuprimirQue chivo. Es una linda cronica-poetica. Segui escribiendo, porque como dijo el gran maestro bocuwski, "para ser un buen escritor dale duro a esa cosa, dale duro" se referia al teclado...
ResponderSuprimirPelon Martinez
Jaja, esa fue Yessi :D
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