domingo, 26 de diciembre de 2010

Navidá

Estas fechas son de lo peor. No solo hay que pintar la casa: lo que implica salir a comprar las susodichas pinturas teniendo en cuenta qué colores combinar, si las del exterior combinan con el portón, y que las del interior deben ser colores que combinen con el exterior para lograr una unidad; no solo hay que poner el Nacimiento, Belén o Misterio (que es lo mismo): lo que implica sacar del closet los adornos rojos y verdes, no solo es planificar el estreno… Hablando de los susodichos adornos, resulta que se guardan en cajas muy seguras en el closet con toda la confianza de que al siguiente año los encontrarás como las dejaste. Yo no sé qué pasa en mi closet, si hay fiestas todas las noches o qué, juro que no hay animales más que los comejenes malignos que se combaten muy seguido, pero resulta que al abrir las cajas, los adornos están quebrados, averiados, gastados… y hay que comprar nuevas guirnaldas.
 Pero eso no es todo. Sino que hay que… LIMPIAR LA CASA.
Pero no es una limpieza como la de todos los días, es una limpieza-limpieza. Solo decirlo me asusta: implica deshacerse de cosas… ¡papeles! Y para mí, es eso una tarea muy difícil. Mi madre, muy severa, me dice que tengo que botar lo que ya no me sirve, pero díganme ¿quién soy yo para predecir el futuro? ¿cómo sé cuándo volveré a leer un folleto y cuándo no? He llegado a la conclusión de que soy obsesiva con los papeles. No es que tenga serios problemas, pero de verdad me cuesta dilucidar qué papeles me servirán y qué papeles no. Al final, la limpieza requerida por mi madre resulta ser una neo-clasificación de papeles antes dispersos. Pero es un avance. Ahora ya sé qué debo leer, porque siempre hay cosas inconclusas, y eso lo pongo en el respaldo de mi cama, miro los libros del respaldo y renuevo la mini-biblioteca ahí instalada.
Además, está siempre ahí una estatuilla de María Auxiliadora, a quien respeto desde mi niñez a pesar de muchas otras ideas anti católicas que poseo. También se encuentran unas libretas y mi lapicero cada vez menos útil… y mi hermosa billetera, que es mas bien un baúl de recuerdos: notas, cartas, entradas al cine, al teatro, al concierto, fotos… mi dinero está en otro lado, obvio, mis documentos también. ¿Quién guardaría cosas tan importantes en un lugar tan predecible? Además de que siempre que salgo se me olvida… y hace mucho bulto, he pensado en desocuparla y darle otro uso, pero no, con este que ya le doy me parece que ya tiene suficiente trabajo. Además,  los recuerdos pequeños no me caben en las otras cajas, con más cartas colegiales.
Total, que la limpieza que mi mami asocia directamente con el acto mismo de botar y botar en una enorme bolsa negra mucha información académica y personal, termina siendo una labor de gran trabajo intelectual y emocional, que no es más que clasificar la información y los recuerdos de lo vivido en todo el año… mas bien, de lo que ha quedado una evidencia tangible. 

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Amor, Tiersen es el culpable





Amor. No he dicho esta palabra en años. Y no creo que la vuelva a pronunciar. Nadie es capaz de morir así, por mí, por un deseo infernal, un suplicio. Nadie es predecible. Quiero llorar. También soy susceptible. No hay  ternura para mí. Y la muerte, tantos que han escrito sobre la muerte como lo terrible, ese trascendental evento de la humanidad, me es la palabra más dulce en este momento. qué es peor que no verse retratada en ningún espejo, no escuchar tu nombre salir de una boca, no ver tus letras en la pared. no pintar ni una sola sonrisa. qué es peor que estas palabras tiradas al azar y poner de nuevo la cara como si nada ha pasado, como si nada pasara. que es peor que mi insolencia.  mis malditas ganas de razonarlo todo. que es peor que esta lágrima que resbala y vuelve a surgir y a caer en un movimiento irreflexivo de penuria ante la existencia. que es peor que esto, que nadie escuche mis lamentos que nadie escuche mis lamentos que nadie escuche que nadie oiga que nadie llore por mí ni me vuelva a ver que nadie se atreva

martes, 7 de diciembre de 2010

Camino a Chiapas

De repente me desperté. Yessi, una de mis amigas incondicionales iba a mi lado y al lado de la ventana, tapada con sus y mis suéteres más una colcha azul. El aire acondicionado del bus no era tan fuerte desde mi asiento, y el vidrio de la ventana, que delineaba el perfil de mi amiga dormida,  iba empañado.

Entramos a México, ya estamos en México, cómo será. Tal vez como en las novelas de TV Azteca, pero no creo, no vamos al DF sino a Chiapas. Cómo será una novela en Chiapas. En la otra fila de asientos del bus, un muchacho de pelo largo observaba las luces tras el empaño. Todo un pueblo se extendía en el barranco que seguía a la carretera. Se parecía al paisaje visible desde una montaña de los Planes de Renderos. Pero aquí las luces eran más grandes, las casitas de pueblo estaban más cerca. Él respiraba con la misma admiración que yo, admiración o simple percepción de lo distinto que se desentrañaba al filo de una ventana empañada.

Los colores se tornaban más opacos al lado de Yessi. La niebla se apoderaba de las casas que estaban en desnivel (o supra-nivel) con la carretera. Había casas en un nivel hacia abajo y de repente, casas en un nivel más arriba de la calle. Una de aquellas estaba llena de gallardetes, como si a esas horas de la madrugada acabara de terminar una piñata improvisada. Aquí Pedro Infante cantó una declaración de amor, pensé. Aquí nadie conoce, tampoco estuvo nunca Pedro Infante, es solo la típica casa que desciende y se me muestra como nueva, siendo de las más comunes en el pueblo pero nueva ante mis ojos ignorantes.



Quise dormir de nuevo, pero en cuanto cerraba los ojos rechazando las emociones encontradas, sentía el rasgar de las llantas con la carretera. Ese rasgar doloroso me puyaba los párpados. Era como si todas las tensiones, los sueños de las y los transeúntes dormidos, la desesperación de nunca llegar, el tedio de querer respirar en un baño limpio tras tantas horas de camino, la energía condensada en un autobús cerrado que respiraba desde sí y para sí, se juntaran y formaran un conglomerado circular, que echaba chispas a través de la circunferencia de las llantas e imprimía en el asfalto un camino luminoso: la luz siempre es de dudosa procedencia, no se sabe nunca cómo interpretarse, tal vez como una esperanza vana o una indiscreción que dibuje tu nombre en mis sienes. Incluso puede ser una contrariedad. La contrariedad que persiste entre el movimiento de las llantas que avanzan, y el rastro de ilusiones que estas mismas  dejan sobre la carretera. El avance era proporcional a la intensidad de lo vivido.

Hay tanta espesura allá afuera que esa casa parece haberse derruido en una lluvia ancestral de tiempo. En ese portal pudo haber cantado Pedro Infante “Cartas a Eufemia”. Este es México, que se queda abierto a un sinfín de interpretaciones banales, de encuentros ya dichos en algún otro tiempo y pronunciados por alguna otra boca, y cuya explicación no podría separarse de la típica relación entre lo propio y lo ajeno.

La pobre Sofi ha despertado, diciendo que las curvas no la han dejado dormir, que sentía como si se caía al barranco de casas encendidas, que el aire acondicionado se cuela como una correntada al lado de la ventana y que siente que se cae otra vez. Yessi ha despertado y le digo qué bonito, mirá, ya llegamos, ya estamos en México y se vuelve a dormir. Armando, el muchacho de pelo largo antes descrito tiene compasión de su compañera que adolesce por culpa de la ventana, y decide cambiar de puesto con ella alternadamente para compartir la aflicción de caerse dormida en lapsos de sueño.