martes, 4 de enero de 2011

La piel del cielo, Elena Poniatowska

"A Lorenzo le obsesionaba la muerte de las estrellas. Luis Enrique Erro le dijo que algunas tenían muertes espectaculares.
Así también se apagan los hombres, pensó Lorenzo. Seguro Florencia agotó su combustible antes de tiempo, de ahí su extinción, pero allá andaba fusionando helio e hidrógeno y de vez en cuando parpadeaba para que él la reconociera. Al igual que los hombres, el tiempo y el estilo de vida de una estrella lo determinaba su masa inicial. Desde pequeños, algunos prometían ser hombres de fuerza, otros se desgataban; quemaban su fuego interior y morían antes de tiempo. Así le sucederá a él, porque exploraría el cielo hasta agotarse, seguiría tomando medidas entre una estrella y otra, calcularía sus ángulos, cotejaría sus tablas, de seguro ya necesitaba anteojos, se convertirían en un detector de objetos estelares y aunque tuviera que anotar millones de cifras, no desfallecería; indicaría posiciones y movimientos de más de cien mil estrellas. Erro le aseguró que eran más las estrellas en el cielo que los hombres sobre la Tierra.
Lorenzo adquirió la costumbre de pensar durante el día en el problema de la noche anterior y darle vueltas mientras convivía con los demás. El joven Braulio Iriarte, sobrino del benefactor del Observatorio, lo saludaba: "¿Y cómo está hoy mi sabio distraído?". Seguía su caminio sin verlo siquiera.
Los comentarios de Filomeno Tepancuatl, el primo belicoso de don Lucas Toxqui, lo devolvían a la tierra. Al cumplir un año en el Observatorio, Toxqui le espetó: "Ustedes allá arriba compre y compre aparatos y hace y hace numeritos, y nuestros hijos tienen que ir a la escuela hasta Atlixco porque ni escuela tenemos." La frase lo golpeó. Les haría una escuela pero ¿con qué? Tenía que encontrar solución a su miseria."

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