domingo, 26 de febrero de 2012

La manía de vivir así

Cuando estaba muy pequeña, no más de 9 años, todas las tardes tomaba mi taza de leche con vainilla y azúcar, era una buena maña. Así como ahora, después de un largo desvelo, me gusta desayunar con pollo y leche caliente con café y azúcar, mientras en el almuerzo acompaño el plato que sea con una taza de leche helada con café y azúcar. Quizás mi organismo me lo pide para contrarrestar el exceso de café de la madrugada.

Estos días me ha surtido tanto el desgaste emocional (juntado con el estrés habitual) que no es extraño llorar dos días seguidos con el más mínimo estímulo. La rabia acumulada no tiene las mismas manifestaciones: en mí, la depresión hace meya más rápido que las ganas de ofender, eso me mata también, no puedo ser más sensible… y más despreciable. Pero eso es culpa de los colegios, aquel colegio salesiano que me formó desde los cuatro hasta los nueve años, que para mí fueron los decisivos, ellos tienen la culpa de frenar mi furia y convertirla en dolor.


A pesar de que no debo provocar una cefalea, no puedo seguir sin abrir mi última adquisición: “Al sur de la frontera, al oeste del Sol”. Si por algo me encanta Murakami es por sus personajes, la soledad que los embarga es tal que se ven atrapados en recuerdos de los primeros amores, el deseo, mujeres extrañas e interesantes, esas amigas entrañables a quienes ni se les oculta aquello que ambos no se atreven a decir. Por eso me gusta tanto. Porque me recuerda a las películas de Bergman y su juego psicológico.


La vida es un péndulo, vacilante. Necesita una salida a la exasperación. Una fuga a lo que nunca hice y me quedé con las ganas de hacer. Tomar de nuevo esas tardes de leche con vainilla y volver a crecer, negándome a los caminos recorridos, suplicando por lo rechazado, elevando la cólera hasta la inmundicia humana, eligiendo lo último que hubiera elegido siendo yo, lo prohibido, lo inestable, lo más inaudito, hasta no reconocerme jamás. Si la vida no fuera solo una...

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