Todavía no se sabe cuándo empezó, ni qué es lo que significa exactamente. ¿Cuándo se nos volteó la modernidad encima y nos mostró la otra cara? Eso me ha dado vueltas en la cabeza los últimos días. Especialmente porque he estado estudiando los procesos históricos centroamericanos, entre ellos, la invención de lo nacional. Pertenecer a un mundo pluricultural fue un problema, se pensó que se formarían por ello identidades resquebrajadas y que lo mejor sería homogenizar a las poblaciones para abolir las diferencias.
Ahora hablamos de ello desde las aulas de clase con asombro e indignación. Ahora que se nos ha otorgado el tiempo propicio para la indignación y el desvelo académico. Ahora caemos en la cuenta de que también estamos configurados por el contexto actual y el acumulado que heredamos, que además las ideas y teorías fluyen de acuerdo a los procesos históricos.
Sin duda la colonización nos abrió la mente para entender otras sociedades, pero también nos separó más de ellas marcando las particularidades. Sin duda la globalización y los conflictos armados nos enseñaron que los particularismos no son todos tan sustanciales y tienen algo de regional. Que las guerras civiles y las ideologías trajeron nuevas etapas históricas con nuevas conceptualizaciones que permiten incluir en el imaginario social actual reflexiones como la memoria histórica, la militancia y la civilidad.
Pero lo que más me ha hecho pensar en todo esto, además de las conversaciones con Irene Lungo en las clases de Antropología Centroamericana (sí, hay una antropología centroamericana… en construcción), son las inesperadas llamadas de un amigo del cole.
Su historia es un poco particular para ser salvadoreño, él tuvo que migrar a Europa por el trabajo de su padre. Quien había sido muy patriótico, con una sensibilidad social muy arraigada durante la adolescencia, de repente me dijo: “A mí me caen mal los nacionalismos. Son cosas forzadas. Uno no decide dónde nace. Uno es del mundo y eso basta”.
Sin duda mi amigo ha perdido también los ideales y la posmodernidad le ha entrado de golpe en la ventana sin darse mucha cuenta.
Una/o no decide dónde nace ni dónde crece. Ni si migrará a otro territorio con otro acumulado de problemas que se extienden y renuevan. Y el hecho de no poder decidirlo ya nos otorga una identidad y una reflexión más compleja.
domingo, 26 de febrero de 2012
La manía de vivir así
Cuando estaba muy pequeña, no más de 9 años, todas las tardes tomaba mi taza de leche con vainilla y azúcar, era una buena maña. Así como ahora, después de un largo desvelo, me gusta desayunar con pollo y leche caliente con café y azúcar, mientras en el almuerzo acompaño el plato que sea con una taza de leche helada con café y azúcar. Quizás mi organismo me lo pide para contrarrestar el exceso de café de la madrugada.
Estos días me ha surtido tanto el desgaste emocional (juntado con el estrés habitual) que no es extraño llorar dos días seguidos con el más mínimo estímulo. La rabia acumulada no tiene las mismas manifestaciones: en mí, la depresión hace meya más rápido que las ganas de ofender, eso me mata también, no puedo ser más sensible… y más despreciable. Pero eso es culpa de los colegios, aquel colegio salesiano que me formó desde los cuatro hasta los nueve años, que para mí fueron los decisivos, ellos tienen la culpa de frenar mi furia y convertirla en dolor.
A pesar de que no debo provocar una cefalea, no puedo seguir sin abrir mi última adquisición: “Al sur de la frontera, al oeste del Sol”. Si por algo me encanta Murakami es por sus personajes, la soledad que los embarga es tal que se ven atrapados en recuerdos de los primeros amores, el deseo, mujeres extrañas e interesantes, esas amigas entrañables a quienes ni se les oculta aquello que ambos no se atreven a decir. Por eso me gusta tanto. Porque me recuerda a las películas de Bergman y su juego psicológico.
La vida es un péndulo, vacilante. Necesita una salida a la exasperación. Una fuga a lo que nunca hice y me quedé con las ganas de hacer. Tomar de nuevo esas tardes de leche con vainilla y volver a crecer, negándome a los caminos recorridos, suplicando por lo rechazado, elevando la cólera hasta la inmundicia humana, eligiendo lo último que hubiera elegido siendo yo, lo prohibido, lo inestable, lo más inaudito, hasta no reconocerme jamás. Si la vida no fuera solo una...
Estos días me ha surtido tanto el desgaste emocional (juntado con el estrés habitual) que no es extraño llorar dos días seguidos con el más mínimo estímulo. La rabia acumulada no tiene las mismas manifestaciones: en mí, la depresión hace meya más rápido que las ganas de ofender, eso me mata también, no puedo ser más sensible… y más despreciable. Pero eso es culpa de los colegios, aquel colegio salesiano que me formó desde los cuatro hasta los nueve años, que para mí fueron los decisivos, ellos tienen la culpa de frenar mi furia y convertirla en dolor.
A pesar de que no debo provocar una cefalea, no puedo seguir sin abrir mi última adquisición: “Al sur de la frontera, al oeste del Sol”. Si por algo me encanta Murakami es por sus personajes, la soledad que los embarga es tal que se ven atrapados en recuerdos de los primeros amores, el deseo, mujeres extrañas e interesantes, esas amigas entrañables a quienes ni se les oculta aquello que ambos no se atreven a decir. Por eso me gusta tanto. Porque me recuerda a las películas de Bergman y su juego psicológico.
La vida es un péndulo, vacilante. Necesita una salida a la exasperación. Una fuga a lo que nunca hice y me quedé con las ganas de hacer. Tomar de nuevo esas tardes de leche con vainilla y volver a crecer, negándome a los caminos recorridos, suplicando por lo rechazado, elevando la cólera hasta la inmundicia humana, eligiendo lo último que hubiera elegido siendo yo, lo prohibido, lo inestable, lo más inaudito, hasta no reconocerme jamás. Si la vida no fuera solo una...
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